Calles y plazas
LA VIVIENDA SUS CALLES Y PLAZAS.
La vivienda
En sus calles, con fuertes pendientes, predominan las casas de tres plantas, de nueva construcción.
Se trata por lo general de casas de tres alturas, cuyas proporciones más generalizadas, son una fachada de cuatro a seis metros por seis de fondo, rematadas por un tejado tejivano.
La planta baja alojaba la bodega y la entrada, que comunicaba con una empinada escalera con el piso superior. La bodega era un espacio excavado en peña, totalmente aislado del exterior, que garantizaba una temperatura estable, allí se guardaban las cántaras de aceite, aperos, etc. Comunicada con la sala en la que se encontraban las tinajas.
En la primera planta, se encontraba una sala y una o dos alcobas. El mobiliario era más bien escaso: alguna mesa baja, sillas de enea, arcones y baúles sobre burrillas. En la segunda planta estaban la cocina y el sobrado. La cocina era por lo general el punto de reunión familiar entorno al fuego, que se hacía sobre el suelo, en una lancha de pizarra. Alrededor se encontraban la alacena, los tajos, mesa tocinera, tinaja para el agua, espetera con los cazos, sartenes y basar. El sobrado era utilizado para almacenar el trigo, legumbres, frutos secos, harina y para “curar la matanza”.
La plaza
Recoleta, de forma trapezoidal, con ligera pendiente y a la sombra del Ayuntamiento, conforma el epicentro del municipio. En su centro, “El Pilar” fuente de agua potable, procedente del manantial del “Chorro”.
De ella parten cuatro calles, convirtiéndose en paso obligado para sus habitantes. Es testigo mudo de la historia de la villa, allí se celebran todos los eventos importantes: elecciones, mítines, subastas, verbenas populares, etc. En torno a ella, se desarrollan los acontecimientos del pueblo: el mercado franco, y bares donde tomar un vino, jugar a las cartas.
Por ella también pasaron: merchantes, quincalleros y hojalateros que enriquecieron la vida diaria con sus historias traídas de otros lugares. Antiguamente estaba empedrada, su pavimento fue durante mucho tiempo, una amalgama de piedras incrustadas en el suelo. Antaño estaba poblada de “poyos”, pegados a las paredes de las casas cual fieles centinelas.
Al caer la tarde, en los días de verano, solícitamente eran ocupados por los vecinos para “tomar el fresco”. Los poyos, eran rudimentarios bancos de piedra, cuyo respaldo era la fachada de la casa a la que estaban adosados y su asiento una lancha de pizarra. A pesar de la incomodidad con que hoy podamos contemplarlos, se pasaban las horas sentados en ellos hablando de los más variados temas, hasta que la campana del reloj les recordaba que tenían que descansar, para afrontar con éxitos los quehaceres del nuevo día.